Premura sexual

Solo existen dos cosas importantes en la vida.

La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo.

Woody Allen

Episodio I: “pana, aquí no vendemos eso”

“Calma—pensó—tampoco es tan difícil, ni que fuera la primera vez. Voy a revisar estos dvd’s para disimular un poco y no parecer un desesperado”.

Mientras tanto sus manos, algo sudorosas, se deshacían de su compañera para empezar a revisar caja por caja de la gigantesca oferta de aquel, el primer puesto del pasillo de ingeniería.

Sus gustos cinematográficos no quedaban cubiertos, en realidad no estaba allí para comprar algún clásico del cine, pero pensó que un lugar en donde venden desde revistas extranjeras hasta llaveros con forma de bate de los Leones del Caracas, podía ser –por qué no—un lugar idóneo para conseguir lo que buscaba.

Pasaba de título en título y de vez en cuando hacía un comentario “yo vi ésta, es mala, la fotografía es terrible, apesta”… la voz de su compañera sólo tenía un interés, susurraba a su oído, “pregunta” y una sonrisa pícara la secundaba.

Una que otra caricia se escapa, ella se acercaba y le hacía señas con los ojos, “deja la pena—le decía ella—ay si, debe ser que no lo has hecho antes”.

Él respiraba profundo y la miraba. Sabía que tenía que preguntar, pero lo invadía una terrible pena. Hasta que por fin se decidió: “pana… ¿aquí venden condones?”

La respuesta fue definitiva, una mirada de incredulidad dirigida a él acompañada de un rotundo “pana, aquí no vendemos eso”.

La lujuria los hizo proseguir unos pasos más allá. Se detuvieron en la librería “El Pasillo”, pero en realidad pensaron que no era muy común la mezcla entre clásicos de la literatura, agendas y condones. Él la tomó fuerte de la mano y siguieron caminando. Al lado, otro puesto- quincalla. Un chamo era quien atendía.

Otra vez la pena, aunque un poco más disminuida. De nuevo la misma rutina: la revisión desorientada de las películas, preguntar por los precios, ver coroticos. El momento cumbre se acerca, cuando ya no hay nadie sino ellos dos y el vendedor. Él se acerca al vendedor, bastante sospechoso, como quien dice un secreto: “chamo, ¿tú vendes condones?”

La mirada del vendedor comenzó a buscar algo en el horizonte, frunció el seño y se limitó a alejarse progresivamente mientras volteaba la cabeza de un lado para otro, indicando la respuesta que desde hace rato era evidente: no.

Episodio II: “se agotaron”

Un par de pasos y la joven pareja no podía evitar el grito desesperado de sus hormonas. Así suelen ser esos momentos.

Llegaron a un puesto no tan pequeño. Se acercaron, observaron que en efecto había desde libros de leyes hasta calcomanías de Hello Kity. Hicieron una revisión rápida. Ella comenzaba a hartarse.

Fue entonces cuando en medio de un arranque impulsivo comenzó a decir en voz muy alta, frente a todos, “gordo, tu crees que un lugar en donde venden Kama Sutra, Kama Sutra para el hombre, Kama Sutra para la mujer, Kama Sutra gay… y bueno no hay lésbico…”, el vendedor interrumpió de pronto y algo exaltado dijo: “aquí está, ¿lo quieres?” Ella ni lo miró y continuó, “ves, tú crees que aquí no está lo que buscas, pregunta”.

Así que él, mirando al vendedor que ya estaba algo confundido, le preguntó “chamo, ¿tienes condones?”

El vendedor soltó una carcajada, “se me agotaron”, dijo. Ella se sorprendió, en efecto sí había un espacio en el pasillo de ingeniería en donde vendían condones. Hubo un par de miradas que se cruzaron de manera cómplice. Ella estaba aún incrédula. “¿En serio se te agotaron?”, preguntó.

Otra carcajada precedió la respuesta del vendedor “claro vale, hasta Postinor tengo, las vendo en ocho”. Las risas se extendieron, ya no eran solo la pareja de la urgencia sexual también estaban otros clientes, transeúntes del pasillo, todos espectadores que encontraban muy gracioso el episodio.

En vista de que este vendedor tampoco tenía, se fueron los dos siguiendo el recorrido por el pasillo.

Los puestos siguientes eran atendidos por personas cuya edad cohibían un poco la curiosidad de la pareja. Él no se atrevía a preguntarle a personas “de cierta edad” si tenían condones, fue en esos puestos en donde la pena lo atacaba más.

Llegaron a uno pequeño, en donde la mezcla de películas, cd’s y programas de computación parece no darse abasto en medio de la escasez del espacio. Hurgaron un poco entre la amplia oferta de esa tienda. Había un par de chamos atendiendo. “bueno, al menos aquí no será tan difícil”, pensó él.

La rutina, establecida y perfeccionada a lo largo del recorrido la hacía ahora con mayor facilidad y más rapidez. La estrategia era como crear una expectativa, ver películas+preguntar precios+lanzar la pregunta en cuestión con la misma naturalidad y nada de estupor: “chamo y condones ¿no tienes?”. Ante la negativa y en vista de que ya no quedaban muchos más puestos se atrevió a insistir, haciendo evidente que necesitaba una pronta solución “¿y dónde los puedo conseguir?”.

El vendedor pensó unos segundos su repuesta y el tono de su voz hizo evidente la incomodad que le causaba tener que dar respuestas tan obvias “vete pa’la farmacia, chamo”.

Episodio III: una mirada dice más que mil palabras

El vendedor ya los había visto. “¿Les puedo ayudar en algo?”, dijo. Él hubiese preguntado de inmediato si El discreto encanto de la burguesía, de Buñuel, no se le hubiese atravesado de la manera como lo hizo. La sacó y preguntó su precio.

“5 Mil, chamo, y la puedes cambiar luego por 2.500”. No lo pensó dos veces para comprarla, oportunidades como esa no son comunes. Ya casi olvidaba el motivo por el cual estaba allí cuando ella, con toda la picardía que la caracteriza, se le acercó y le recordó que preguntara.

Otra vez el nerviosismo “qué van a creer aquí, que somos unos pervertidos o unos extravagantes, que en vez de comprar películas prono vemos surrealismo antes de tener sexo. Estás loca”, le dijo. Ella insistió.

Entonces él volvió a ver las películas (siguiendo la ya elaborada estrategia). Mientras tanto llegó otro vendedor. Ya eran dos.

De seguro era preferible seguir hasta la farmacia como les habían dicho antes, pero quien quita y en este último lugar había lo que buscaban. “Preguntemos por no dejar”, dijo ella sin dejar de abrazarlo.

Él se les acercó un poco al par de vendedores y entonces preguntó “pana, ¿vendes condones?”. Los dos vendedores se miraron y de inmediato dejaron escapar tímidamente una sonrisa, al tiempo que movían sus cabezas al compás de un “no”.

Nayari Rossi Romero

26 de enero de 2006

Foto: Pasillo de Ingeniería de la UCV

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