Metro-hot!

Métete. Apriétate. Tócate / tócalos. Cierra los ojos y respira. Despeja tus pensamientos, abre tu mente. Deja que el sudor corra libre por tu piel, se te ve bien, nena. Relájate y coopera, amiga, que a las 6 pm el metro nunca ha sido amable, menos en tiempos de retraso.

Foto del grupo de Facebook de @caracasmetro

Quedaste en el oscuro limbo entre Plaza Venezuela y Capitolio, a nadie importa el destino de ese vagón repleto, sin aire acondicionado, que se quedó varado en medio del túnel. Si estás ahí disfruta de tu encuentro fortuito y pórtate como el nuevo hombre, el que estos tiempos neo socialistas ha formado de a poco. Quítate la camisa roja, mira a la chica de enfrente y no esperes más. Sé un buen ciudadano metro y llévala a tu puesto, siéntala en tus piernas, tócala de a poco, con ganas, bésale el escote.

Tu ratico de placer tiene banda sonora porque te sentaste al lado de un pana que no conoce ese maravilloso invento llamado audífono. En el vagón y ante la mirada deseosa de los depravados que te acompañan, suena una salsa erótica “tú conmigo, yo contigo… sobredosis de amor”.

La nena se quita los tacones y sus amiguitas te hacen un baile en el batitubo que antes agarraba una viejita, cuando el metro andaba y la doña no quería caerse. Las amiguitas de tu nena lamen el batitubo y se tocan unas a otras. Ya estás excitado.

Tu nena se ha parado frente a ti, se acerca a tu oreja, te susurra palabras sucias y te propone un nuevo juego. Tú te paras en el asiento y ella se agarra de los posamanos de arriba, jugarán al columpio, inventarán una nueva posición. El público aplaude.

Tú agarras a la nena, está chévere la jeva. “Tú conmigo, yo contigo…” sigue sonando la salsa erótica porque el DJ la repite una y otra vez.

Las amiguitas de tu nena ahora pasean por los pasillos, de la nada salieron los látigos con los que ahora azotan a los viejos verdes, los mismos que se las bucean sin parar. En las puertas, ahora humedecidas por el calor del vagón, se pegan los cuerpos ardientes de otros que decidieron aguantar la espera y matar el aburrimiento con un poco de placer gratuito con extraños.

50 minutos después, varios orgasmos más tarde, el metro repara la falla. Finalmente llegan a una estación en la que todos se bajan despavoridos. Límpiate el sudor, toma un poco de aire, quita la cara de que acabaste exhausto.

Voz en off se le informa a nuestros distinguidos usuarios que la falla generada por un transbordador número 540500 detectada en la línea 1 ha sido solventada satisfactoriamente. El metro de Caracas, motores a máxima revolución.

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Caminando

Salí de la proyección para la prensa de Julie and Julia, era miércoles a las 11:30 am y me encontraba en el Boulevar de Chacaíto. Me dieron ganas de comerme la mandarina que llevé por si acaso me daba hambre.

Caminé con plena conciencia de lo que hacía, estaba conciente de mis pies, mis zapatos nike de caminar, el asfalto sucio de grasa de perros calientes, la acera medio rota que tiene años sin ser consentida. Veía al cielo y pensaba que era un hermoso medio día, un poco caluroso sí, pero hermoso.

Caminar es una forma de pensar, de escuchar, de sentir. Cuando camino tengo un valioso tiempo para mi misma. Es sabroso recorrer la capital en dos piernas. Aunque en realidad en Caracas caminar más que una decisión es una obligación: el tráfico se aburrió de las horas pico y ahora hace de las suyas en cualquier momento, el metro pasó de ser un ejemplo de ciudadanía para ser una cueva llena de basura y oportunistas y, para poner la cereza en la punta del helado, los malandros no respetan la inercia de las colas y hacen su agosto robando cuanto carro se les antoje porque, como ya sabemos, Caracas es una tierra sin ley.

Aún así ese miércoles iba reconciliada con la vida porque había visto una buena película sobre dos mujeres que logran superarse así mismas. Yo me sentí confiada, segura de mí y con las esperanzas recargadas.

Caminando se puede ver a los demás de una forma más detallada: puedes observar al tipo que se come un helado en la plaza Brión, puedes ver a la señora que casi arrastra a un niño que a su vez intenta seguirle el apurado paso, pero, pobre de él, sus pequeñas piernas no le dan, puedes oler al Mc Donalds friendo sus papas e impregnando un pedacito de ciudad con su olor a fritanga de dudosa procedencia, puedes ver al evangélico que reúne unas decenas de personas oyéndole la palabra del Señor a cambio de, no se, quizá unas monedas o su consagración en la fama de las plazas, puedes oir al tipo que se te pega a la oreja para decirte mototaisi, mototaisi.

Así iba yo aprovechando mi paranoia caraqueña como excusa para ejercitar un poco las piernas, terminando el último gajito de mandarina y buscando una papelera para botar la concha. Llegué hasta el Tolón y no seguí más porque el calor me agotó y esta ciudad no piensa mucho en sus peatones por lo que la acera no es algo que exista en todas partes.
esta fotola tomé de: http://www.urbanrail.net/am/cara/caracas.htm

Cualquier día en el metro

Camina apurada una chica con una niña de dos o tres años. Salen apretujadas en la estación de Ciudad Universitaria a eso de las cinco y cuarto pe eme. Esta full la estación y subir las escaleras mecánicas es verdadero turismo extremo capitalino. Ella y la pequeña optan por las escaleras normales, las que por flojera están usualmente un poquito menos congestionadas. Minutos antes de empezar a subir los escalones, a la niña se le antoja que el señor moreno que camina a su lado es su papá. Acto que la chica no ve con buenos ojos pero como quiera que sea no puede hacer nada, no tiene espacio de acción, su libertad personal ha sido privada por la multitud-de-hora-pico que hay en el metro a todas horas. La niña se aferra a la mano del desconocido y grita en su machucado idioma una palabra que, quizá, significa lo mismo que príncipe de cuento de hadas, entonces dice con unos ojos negros, grandes y brillantes: papá.
El desconocido se ríe, una risa más bien cariñosa, no esa risa de extraños que te ven y para evitar la incomodidad de la mirada ríen, ni la risa de extraño pedófilo, era una risa de cariño, de sorpresa, quizá el desconocido pensó en su posible hija. La chica pone ojos puyúos pero actualmente los niños vienen con ese extraño gen de irreverencia que los hace inmune a los ojos puyúos que hasta hace unas generaciones nos causaban pesadillas. La niña aprieta su manito contra la del desconocido y no le importa que su mamá le hale el brazo diminuto mientras le lleva dos escalones, la niña se empeña en sujetar a un extraño que ha decido volver a llamar papá. Tal vez el extraño se parece a un papá que sí tiene.
Al llegar a la estación Plaza Venezuela (arriba de Ciudad Universitaria) la chica tiene un poco más de espacio personal y decide avanzar a un paso más apurado, halando a la pequeña que es como un bulto que le pesa. La niña pierde la mano desconocida, hace un intento por recuperarla, acción que desespera a la chica. La chica decide tomar medidas extremas sin un mínimo interés por establecer alguna negociación. La chica hala el cabello de la pequeña. La niña desiste, arruga la cara, convierte su boca en un puntito y pierde la mano de un cuerpo desconocido que ella ha decidido llamar papá –esta vez dentro de sí- de un hombre que se va con una sonrisa en la cara.

Foto: http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=428870metro

Nayari Rossi Romero.-
hecho de la vida misma
marzo 2009

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