Visitante Número33

Hola, soy la visitante número 33. Así han decidido apodarme hoy en la oficina. Es un edificio gris, aunque ellos quisieran teñirlo con un pésimo rojo de poca clase y agresivo a la vista, a pesar de ese intento de  querer ser grotescamente llamativos no  lo logran, están lejos, el  edificio es gris.

Hace unos meses quedaban todavía los vestigios de una civilización que poco a poco se ha ido diluyendo como las migas de pan deseparacen en el café amargo, sabes ese café que queda al final y tiene una capa gruesa de borra al fondo de la taza, esa cosa áspera que no es café sino un desecho espeso, bueno y cuando las migas de pan se mezclan con la borra desaparece el sabor del pan y del café y solo hay una superficie sólida al final de la taza que nadie quiere. Así, de una manera vertiginosa, ha ido diluyéndose la civilización en la borra de esto que ahora nos rodea.

Hubo una linda época en la que los cuatro (se lee 4) ascensores de la Previsora funcionaban. Nada de esperar minutos interminables ni hacer largas y absurdas colas para subir los 22 pisos de un edificio que, ante todo, es un emblema arquitectónico de la ciudad.

Avanzando a la increíble velocidad del caos. Ese día la voz desde la pantalla gritó la palabra con la E que ahora, a los niños chiquitos, se les debería definir como una grosería, una que dices después de coño y antes de arrechera o en cualquier orden porque no se altera el sentimiento de impotencia.

Al día siguiente la recepcionista, con su mirada de “sí, bueno, no se ni que estoy haciendo con mi vida” me dijo que le dejara la cédula porque esa era la nueva normativa. ¿La cédula? Niña, ¿tú sabes lo pelúo que es sacarse una cédula en este país? ¿tú crees que te la voy a dejar las 8 horas de mi jornada laboral a ti que me miras con esos ojos de no se que estoy haciendo con mi vida?. Pensé pero no dije, debo confesar que su gorra roja me infundió un sentimiento indefinido entre la lástima y la rabia.

Dejé mi valioso documento de identidad y a cambio recibí una identificación. Subí a la oficina, busqué un carnet viejo de la universidad que me hizo pensar que los años sí han pasado y que antes yo me paraba feliz ante la cámara con mi cara de guerrillera-hippie (sí, sí, la mayoría de los ucevistas tuvimos esa apariencia alguna vez) y saqué feliz ese carnet que recordaba unos muy buenos años. Bajé de nuevo y reclamé mi cédula.

Mientras esperaba el ascensor me detuve en el nuevo carnet: un teipe pegaba al plástico un número. 33 Esa era mi identificación, la misma que el tipo de seguridad con su tufo de hombrecillo en pequño espacio de poder, me dijo “amor eso es pa que lo lleves en un lugar visible” como si el tipín no me viera la cara todos los días, como si el carnet de verdad me identificara, como si tuvieran un sistema de seguridad infalible.

Sistema de seguridad infalible: Buenos días visitante número 33,sabemos quién eres,vigilamos tus movimientos, tenemos fríamente calculadas más de mil estrategias para actuar en caso de que tú, visitante número 33, te rebeles contra el sistema y hagas algo, aunque sea mínimo, en contra del bienetar y la armonía de la torre.     



El imperio desde los ojos de Boris Muñoz

Nayari Rossi Romero

Comienzo con una confesión un poco penosa: aunque me gusta leer y esto es, de hecho, mi pasatiempo favorito, no soy de esos lectores afanados y disciplinados que devoran libros de 300 páginas por semana. Leo lento, entre otras cosas porque mis hábitos cambiaron con la llegada de la tv por cable e internet a mi vida, entonces las noches dejaron de ser momentos propicios para leer después de las novelas de las 9 y antes de sumergirme en un amor arrebatador en las manos de Morfeo.

La tv por cable e internet se robaron ese espacio, incluso le ganaron a la reina indiscutible de las noches hasta hace un par de años: la telenovela, pero de este género, mi consentido de la tv nacional, hablaré en otra ocasión. Hoy le toca a los libros.
Hace como dos meses recibí en mi facebook el mensaje de una compañera de la universidad que pronto –tras leerla en su blog http://cariaquitomorado.blogspot.com y realizar con ella un par de trabajos para un profe que era amor en común- se convirtió en una amiga de esas extrañas con las que compartes cosas inusuales y esporádicas. Ella escribió un mensaje para varios en el que nos decía:”… Fue cuando se me ocurrió la idea más obvia de todas: un club de lectura on line donde un grupo de gente con la mitad de su vida colgada en Internet nos pusiéramos de acuerdo para leer un libro y en una fecha específica, cuando lo terminemos o cuando nos de la gana, subir nuestras “impresiones” a los respectivos Blogs, Tumbls, Twitter,Notas de Facebook, etc…”

Así pues nos decidimos y con la (i)responsabilidad que nos caracteriza nos hemos dedicado a postear “impresiones” sobre lo que leemos –confesión penosa número dos: la verdad me incorporo tarde a la jornada.

Y en la onda de las confesiones penosas debo decir que no he terminado el libro del que voy a hablar, pero para no pasar por más irresponsable decidí escribir una pre-reseña del libro Despachos del Imperio, de Boris Muñoz.

Hay varias cosas que apuntar sobre este libro, la primera es una obviedad, trata sobre Estados Unidos; la segunda, es un libro de crónicas y la tercera son cuatro-cientas-sesenta-y-nueve-páginas (469) comprenderán que para una lectora tan indisciplinada como yo la lectura completa del libro puede llevar hasta un año. He ahí la maravilla de este tipo de libros: lo puedes leer como quieras, en el orden que quieras y con la periodicidad que quieras.

Si eres periodista entonces debes tenerlo a mano: cada vez que te pauten un tema puedes echarle un ojo al libro y así recordar que, a pesar de lo que diga tu editor, a veces está bien la primera persona –OJO esto no es una incitación a violar los postulados más que sagrados del periodismo- y a veces también puedes hacer micro ensayos de temas, otra veces puedes hacer tu propio texto a partir de cosas que no viste pero que has investigado muy bien. En fin, este libro funciona bien para aprender algunas cosas.

Abrebocas:

Portada del libro. Editorial Debate. octubre 2007

Portada del libro. Editorial Debate. octubre 2007

Para darles ánimos a leer este libro antes de hablar de él, dejo la entrada de “Lo que hay bajo tierra”, una crónica sobre el metro de NY:

“ La muchacha bajó de prisa por las escaleras a la altura de Chelsea, en la calle 18, metió una ficha en el torniquete, caminó por un largo pasillo, bajó otras escaleras y sacó una revista Cosmopolitan. Era una de esas tardes de otoño en que la humedad se cuela por debajo de la ropa ensopando los huesos. Atrapada por la lectura de un artículo sobre cómo atrapar hombres, no prestó mucha atención a algo que andaba rodando por sus pies. De pronto, como si un leve ruido le hubiera hecho caer en cuenta de que no estaba sola, miró hacia abajo con cara de asco y, dejando caer la revista al suelo, pegó un aullido que se escuchó a todo lo largo del andén: ¡Una rata, una rata! La gente la observó por unos segundos. Era, en efecto, una enorme rata gris oscura y estaba comiéndose sin apuros las sobras de un sánduche que alguien había botado a la basura. El tipo que estaba al lado miró a la mujer con ganas de decirle: “Hey honey, take a walk on the wild side”. Pero nadie movió un músculo mientras veían perderse la rata, cargando con el sánduche, por un anónimo hueco. Al contrario, apenas se fue todos se echaron a reír, como si el hecho de que las ratas se paseen por los andenes del subway fuera lo más natural del mundo. La gente entró en los vagones y al cerrarse las puertas la historia ya era agua pasada” (pag 35).

Sobre el autor y el libro

Boris Muñoz

Boris Muñoz

El último cuento que escuché sobre Boris Muñoz es que está en Harvard estudiando, gracias a una beca que se ganó, no he confirmado esto y espero que no se trate de una leyenda urbana. Lo que sí es cierto es que este tipo tiene un currículo envidiable: fue profesor en la escuela de letras de la UCV, escribía y fue redactor jefe de la revista Exceso, corresponsal de El Nacional y colaborador de la revista Gatopardo. Obtuvo su PH. D en literatura latinoamericana en la Rutgers University y ha sido merecedor de unos cuantos premios.

En 1996 partió a los Estados Unidos a hacer su postgrado para regresar a Venezuela 6 años después en 2003. Durante su estadía en USA conoció al Imperio desde sus entrañas y sí, lo llama Imperio, aunque luego de la lectura de su libro –o la media lectura como es mi caso- el Imperio no tiene el sabor agrio que deja Chávez sino más bien resulta una nación compleja, diferente y parecida en algunas cosas y llena, eso sí, de mucha vida.

Las primeras páginas del libro son impresiones de Boris Muñoz sobre cosas de Nueva York (NY), una ciudad que a muchos nos enamora con esa mezcla de naciones, su Central Park y las postales en cada película de Woody Allen.

Boris Muñoz escribió sus textos para una columna de El Nacional que se llamaba Safari U.S.A, son textos con la vibra de la cotidianidad, con la mirada de un criollo que pretendía traducirnos el Imperio. Y lo hizo: desde el metro de NY, pasando por el alcalde Giuliani, la casa de Hefner –sí, el de las conejitas-, la vida días después del 11-S y otras historias sobre transexualidad, la liberación femenina y los asesinatos en serie. Todo pasa en USA. Todo en un Imperio que se construye a sí mismo cada día, que se levanta después de los más duros golpes y que esconde, como toda nación, negras realidades que lo hacen vulnerable.

Lo maravilloso del libro no son sus temas, la maravilla está en la pluma de Boris Muñoz: se lee rápido, cada crónica te deja con ganas de leer la siguiente, cada texto dice lo que tiene que decir sin mayores extensiones y el autor no se vale de un lenguaje demasiado pretencioso. Es un libro de crónicas, de pedacitos de una realidad compleja y, a veces, desconocida para nosotros.

Como siempre sale alguien a preguntar ¿qué diablos es una crónica? Boris Muñoz lo dice en su prólogo o “carta a los distraídos” como prefiere llamarla: “Por su carácter anfibio la crónica, le entra a todo. Es el ornitorrinco de los géneros, como la definió con su perspicacia habitual Juan Villorio”.

Se hizo larga esta pre-reseña, para culminarla debo decir tres cosas:

Uno: he disfrutado mucho la lectura del libro.

Dos: el libro es esperanzador para quienes nos dedicamos a un oficio en el que escribir es igual a responder “qué-cuándo-cómo- dónde-quién-y-por qué”.

Tres: en los medios debería ser lectura obligada este tipo de libros para el personal que allí labora. De esta forma posiblemente lograríamos un mejor periodismo.

El desalojo del Ateneo es una tragicomedia

Se abre el telón. La obra empieza con una escena que, para el espectador menos detallista, no genera sospechas: cae la tarde en el Ateneo de Caracas un día cualquiera. En la vitrina de la librería un hombre -que parece hare krishna por la forma como viste- descansa entre cojines, a la vista de todos. En la sala Horacio Peterson ensayan y preparan los últimos detalles del montaje San Marcos de Venecia, del grupo Arena. Y en el café el movimiento es el propio de un restaurante minutos antes de recibir a los comensales. Casi podría pensarse que nada ha cambiado en la institución capitalina después de la orden gubernamental de desalojo.

Toda una tragicomedia: unos lamentan y otros celebran la decisión. “En Venezuela tenemos contabilizados más de 500 grupos de teatro en todo el país, pero ahí funcionaba un circuito de seis grupos permanentes y con unas entradas impagables”, declaró el ministro de Cultura, Héctor Soto, en el programa Dando y Dando (VTV) el pasado 6 de mayo.

Primer acto: Esperanza
“No es un desalojo”, responde pausadamente Manuel Papaterra, quien se encarga de la iluminación de la obra San Marco de Venecia. “Yo lo llamaría más bien reutilización del mismo espacio, el Ateneo seguirá funcionando”.

Papaterra habla con una esperanza que más bien parece certeza, “creo que es maravillosa la instalación de la Universidad de las Artes, si el espacio va a servir para formar nuevos talentos me parece fabuloso”.
Julio César Alfonzo, director de la obra, sólo apunta una cosa: “El tema de las salas es crítico, el Teresa Carreño es un teatro y no se usa para eso”.

Segundo acto: Ritual
El personaje de la vitrina -ataviado como hare krishna- se llama Jesús Barrios, es ecuménico y camina por los pasillos del Ateneo repartiendo fuertes abrazos y besos a hombres y mujeres, sin distinción.

En la vitrina simplemente reposaba el almuerzo. “Mi motivación es dormir mi siesta”, confiesa. Es una suerte de ritual que ha comenzado la semana pasada en la que considera su segunda casa. Desde los años 80 trabaja en el Ateneo. Recuerda con cariño el Festival Internacional de Teatro que cada año organizaba el Ateneo, en esos eventos preparaba “vitrinas vivientes”, con grupos internacionales. “Yo mismo me ponía a hacer mi performance, soy un artista, quiero comunicar, denunciar, celebrar, sentir”.

No puede precisar qué pierde el país con el desalojo de la institución cultural. “Es un proceso muy duro, pensé que iba a pasar de una manera responsable o inteligente”. Lo que sí puede concluir es que en definitiva se pierde un sitio de reunión para los artistas.

“Jesús es tu guía”, dice a cada rato y se toma su papel muy en serio: se convirtió en una suerte de narrador de la tragicomedia, se paseó por cada rincón del Ateneo descubriendo historias.

Tercer acto: Optimismo
“Aquí éramos felices, teníamos oficina, taller y sala de ensayo”, cuenta Érika Gutiérrez, actriz y coordinadora de eventos infantiles del teatro de títeres Naku. Esta agrupación apagará 20 velitas este año y como regalo viajarán a Praga para recibir el premio como mejor grupo de teatro de títeres de 2009. En la oficina con el nombre de la agrupación, -ubicada en el piso 6 del Ateneo todo está revuelto- están empacando. La ironía es que todo está en cajas porque simplemente se quedaron sin sede.

“El día que nos enteramos casi lloramos, sabíamos que nos íbamos, tuvimos que correr a llevarnos las cosas”, explica Gutiérrez. Lo que ya no está en el Ateneo se encuentra ubicado en un depósito y las labores administrativas las hacen desde distintas casas. Nadie les ha dicho nada pero ellos asumen que se tienen que ir.

Yionyi Gutiérrez, titiritero de la agrupación, se enteró del desalojo por la prensa. “Cuando me preguntaban qué íbamos a hacer, yo sonreía”, cuenta con los ojos aguarapados.

Todos coinciden en que se trata de un problema de motivaciones políticas. Jesús Barrios interrumpe la conversación y acota que “el artista no debe embarrarse las manos con la política” y manifiesta su descontento porque siente que no hay apoyo para el teatro “porque es verbo”.

Un pesado silencio invadió la oficina y ante la pregunta “¿qué sientes?”, Érika Gutiérrez lanza una respuesta por la cual se disculpa de antemano: “me da mucha arrechera”.

Sin embargo el grupo Naku no decae y ya están montando la próxima obra con la que celebrarán los 20 años.

Cuarto acto: Pluralidad
En el piso 4 se encuentra Judy Schaper, coordinadora de eventos especiales, de donde nacen las populares ferias del Ateneo. Habla con la firmeza de un roble: “El Ateneo va a seguir pero se pierde uno de los pocos espacios plurales de la ciudad, dimos cabida a todas las tendencias, espacios plurales quedan muy pocos”.

Schaper cuenta que se ha sentido muy dolida con la noticia. Dice que en los 28 años que lleva trabajando en la institución, el Ateneo ha ganado la batalla a las ideologías. “El teatro es contestatario, no quiere ajustarse a una sola línea de pensamiento, el Ateneo no es un edificio y va a levantar cabeza, pero lo más difícil va a ser recuperar la parte teatral”, explica.

Para ella el clímax de la tragicomedia es que “como país nos estamos jugando la libertad”.

En el piso 5, donde ya está instalada la Universidad de Las Artes, los rumores van y vienen, entre otras cosas no se explican que la rectora llegue rodeada de guardaespaldas.

En la entrada hay un vigilante que sólo atina a decir que la rectora está reunida, que no hay teléfonos todavía porque apenas se están mudando.

Cierra el telón.

Nayari Rossi Romero.-
Publicada en el Diario el Tiempo de Puerto La Cruz

No se pierdan las fotos que están buenísimas…
http://www.eltiempo.com.ve/noticias/default.asp?id=189804

Luces, cámaras y acción (de cuando Chávez se lanzó a presidente, de nuevo)

Temprano el CNE parecía más que el recinto para el resguardo de la democracia, un escenario. Las cámaras y los periodistas esperaban. La seguridad y el protocolo luchaban por mantener a los comunicadores al margen.

A media mañana una rubia hizo su entrada. No le hicieron requisa, ni presentó carnet. Vestía su chaleco distintivo y su gorra, esta vez verde militar. Lina Ron entró calmada pero indetenible.

Desde un balcón unas chicas se meneaban. Movían sus manos al son de una suerte de “reguetón”: “Diez millones, son diez millones”. Anunciaban la llegada del primer mandatario.

Una aureola roja hacía apenas visible la cara de Chávez. Las cámaras estaban atentas, los flashes se disparaban y entonces, comenzó la acción. La puerta se cerró a empujones dejando afuera al alcalde Juan Barreto, quien entró luego. La llegada de Chávez fue sólo el abre boca. Más tarde concedió una rueda de prensa, muy breve porque luego iría a hablar con el pueblo.

Su salida del CNE fue menos discreta que su entrada. Arriba las chicas lo despedían al son de “¡uh ah, Chávez no se va!” y mientras tanto una lluvia de papelillos caía sobre el ahora candidato presidencial.

Abajo los gritos eran su fanfarria. La Plaza Caracas era una mezcla de olores y colores. Los buhoneros ponían precio a la ideología: gorra con diez dedos que se iluminaban, a Bs 20 mil; franelas con cara de Chávez en billete de 10 dólares, a Bs 15 mil. El público lo aclamaba, pero el Presidente sólo habló una hora, como pocas veces.

Nayari Rossi Romero
Publicado en el Diario El Tiempo de Puerto la Cruz el 13-08-2006

Feria revolucionaria (desfile 05 de julio de 2006)

CARACAS.- (06-07-2006) En una parte de la ciudad se respiraba el ambiente tranquilo típico de un día feriado, mientras que más hacia el oeste la capital se llenaba de una multitud frenética, contenida por los guardias militares, quienes intentaban fallidamente hacer de guías y a la vez conservar el orden del tráfico.

Siguiendo el movimiento inerte de la masa lo primero que se podía divisar era un autobús que en perfecto castellano -cuidando las normas ortográficas de acentuación- decía: “Míster Danger, déjanos hacer el amor y no la guerra”.

Al ver este anuncio ya se sentía el ambiente de revolución y el aire se llenaba de pronto de lo más variopinto de nuestra idiosincracia: el olor a fritanga y los tarantines con artículos que iban desde franelas con caras del Che y de Hugo Chávez, hasta cosas inútiles como una libretica con mensajes de textos “para que la enamores” por celular, todo a módicos precios que oscilaban entre los mil y 18 mil bolívares.

En el recorrido no faltaban múltiples puestos de comida, toda una feria como haciendo honor a nuestros ilustres invitados internacionales. Se podía disfrutar de una parrilla “con todo” -tal vez como en las calles de Buenos Aires- por sólo 10 mil bolívares.

De pronto la multitud era frenada por un toldo que recibía a los niños que venían a disfrutar de su desfile. Como si se tratara de una visita al circo, así los más pequeños se pintaron su cara y jugaron con los globos que les regalaban.

El ambiente sin duda era de fiesta, como siempre en nuestro país donde las excusas sobran para agarrar un día de celebración (y hasta dos y tres cuando se trata de un puente como éste).

Innovación
Siguiendo el camino y con las ansias por descubrir los potenciales de las nuevas adquisiciones militares, un puesto llama la atención. Eran dos chicas con franelas rojas y pantalones pescadores militares. En sus franelas una inscripción hacía detener la vista: “Himnos y canciones para el alma”.

Se trataba de un digno producto nacido de la creatividad criolla, un librito con los himnos -militares en su mayoría- que se entonan en nuestro país. Su creador está consciente del potencial de su producto: “es un mercado de más de 20 mil personas que no conocen todos estos himnos” refiriéndose a los militares, por supuesto.

Poco antes de llegar al destino la masa de personas se detenía y violando el estricto orden militar, cruzaba la calle para ver de cerca lo que tanto entusiasmo les causaba: unos tambores de Curiepe hacían gala de lo mejor de su tierra.

Después de haber partido las caderas, la multitud seguía su recorrido, nadie quería perderse el desfile del 05 de julio. De fondo se escuchaba la marcha militar. La algarabía crecía de un extremo a otro. Los ojos de los niños no podían ocultar su deslumbramiento.

Nayari Rossi Romero
Publicada en El Diario El Tiempo de Puerto la Cruz el 06-07-2006

Cosas que no entiendo

Honestamente, yo tampoco me explico cómo el perico teniendo un hueco debajo el pico pueda comer // ¿Cómo diablos hace Chávez para hablar horas y horas y tomar café y no pararse “después de la pausa seguimos con más de la cadena” y aprovechar para ir al baño presidencial y hacer pipí presidencial? // ¿Por qué si todos venimos de París no hablamos francés todos por igual? // Anque me fascina, no comprendo exactamente cómo funciona la teoría de los hoyos negros // ¿Cómo se creó Dios? // ¿De dónde saca un funcionario que una arepota puede costar apenas un pelo más que un toronto? // Si el mar es azul porque refleja el cielo y el cielo es azul porque refleja el mar, entonces ¿de qué color es el cielo dónde no hay mar? // Si el hombre (y la mujer) no nace ni bueno ni malo ¿de quién es la culpa de que haya tantas desgracias? … Son muchas más las cosas que no entiendo, pero ya me duele la cabeza por pensar así que mejor no pienso más.

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