Caminando

Salí de la proyección para la prensa de Julie and Julia, era miércoles a las 11:30 am y me encontraba en el Boulevar de Chacaíto. Me dieron ganas de comerme la mandarina que llevé por si acaso me daba hambre.

Caminé con plena conciencia de lo que hacía, estaba conciente de mis pies, mis zapatos nike de caminar, el asfalto sucio de grasa de perros calientes, la acera medio rota que tiene años sin ser consentida. Veía al cielo y pensaba que era un hermoso medio día, un poco caluroso sí, pero hermoso.

Caminar es una forma de pensar, de escuchar, de sentir. Cuando camino tengo un valioso tiempo para mi misma. Es sabroso recorrer la capital en dos piernas. Aunque en realidad en Caracas caminar más que una decisión es una obligación: el tráfico se aburrió de las horas pico y ahora hace de las suyas en cualquier momento, el metro pasó de ser un ejemplo de ciudadanía para ser una cueva llena de basura y oportunistas y, para poner la cereza en la punta del helado, los malandros no respetan la inercia de las colas y hacen su agosto robando cuanto carro se les antoje porque, como ya sabemos, Caracas es una tierra sin ley.

Aún así ese miércoles iba reconciliada con la vida porque había visto una buena película sobre dos mujeres que logran superarse así mismas. Yo me sentí confiada, segura de mí y con las esperanzas recargadas.

Caminando se puede ver a los demás de una forma más detallada: puedes observar al tipo que se come un helado en la plaza Brión, puedes ver a la señora que casi arrastra a un niño que a su vez intenta seguirle el apurado paso, pero, pobre de él, sus pequeñas piernas no le dan, puedes oler al Mc Donalds friendo sus papas e impregnando un pedacito de ciudad con su olor a fritanga de dudosa procedencia, puedes ver al evangélico que reúne unas decenas de personas oyéndole la palabra del Señor a cambio de, no se, quizá unas monedas o su consagración en la fama de las plazas, puedes oir al tipo que se te pega a la oreja para decirte mototaisi, mototaisi.

Así iba yo aprovechando mi paranoia caraqueña como excusa para ejercitar un poco las piernas, terminando el último gajito de mandarina y buscando una papelera para botar la concha. Llegué hasta el Tolón y no seguí más porque el calor me agotó y esta ciudad no piensa mucho en sus peatones por lo que la acera no es algo que exista en todas partes.
esta fotola tomé de: http://www.urbanrail.net/am/cara/caracas.htm

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