En primera persona

marcha

Esa mañana caminé con pasos firmes hasta ese punto en el que vi directo y muy cerca la cara de mis futuros agresores. Minutos antes, mientras cruzaba el elevado de Maripérez ya sentía el olor. El vinagre penetraba fuerte –con lo que odio ese olor- y vi pasar a una joven con ojos llorosos y pasta de dientes en algunas partes de su cara. Aún así seguí con paso firme.

Adrenalina debió haber sido lo que me impulsó a gritarles “muy machos, ¿no? Con máscaras cualquiera?” y me sentí como liberada. Ya era medio día cuando estaba a la altura de la Cantv en la Avenida Libertador. A mis pies una imagen alucinante y a la vez fascinante llamó mi atención: acostados sobre el asfalto estaban un par de chamos, con una bandera de Venezuela que los cubría como si fuera una sábana, estaban agarrados de manos y tenían los ojos cerrados. Parecían un par de cuerpos sin vida.

La lluvia nos mojaba y aún así estábamos firmes en ese límite entre lo civil y las fuerzas armadas. Me agaché para recoger los datos de uno de los chicos que estaba acostado. Es para hacerte una entrevista, le dije. Me dijo que su correo era Jaime punto (algo que no entendí) arroba gmail. Las gotas de lluvia mancharon de tinta mi cuadernito de anotaciones mientras yo le pedía que me repitiera el correo. No tuvimos tiempo.

Un par de estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello acostados a los pies de la PM

Un par de estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello acostados a los pies de la PM

Pum pum. El sonido seco había empañado el ambiente de un humo picante. Yo no pensé. Hice las dos cosas que me parecieron más prudentes: corrí y di gracias a mis ganas de correr en días soleados porque entonces estaba entrenada. Lo segundo que hice, a manera de acto reflejo y paralelo a mi corrida fue rezar, entonces los años de formación católica tuvieron sentido.

El padrenuestro es como un leit motive en mi vida. Cada vez que salgo de casa pienso en una frase que utilizaré alguna vez para un cuento: murió con el padrenuestro en la boca. Pienso que en la sucursal del cielo –no se quién sería el profético que le dio este nombre a Caracas- unos cuantos venezolanos mueren con el padrenuestro en la boca, imagino que a lo mejor de los 30 caraqueños (y contando)que pierden su vida cada fin de semana algunos encontrarían un poco de valor o la esperanza de salvar su alma en esa oración tan perfecta que es el padrenuestro.

Al fondo el humo de la tercera vez que la PM lanzó bombas lacrimógenas

Al fondo el humo de la tercera vez que la PM lanzó bombas lacrimógenas

Corrí. Llegamos a una calle paralela a la avenida Libertador. No se puede esperar que yo sepa dónde estaba metida porque, bien lo saben mis amigos, yo me pierdo hasta en el metro. Yo sólo se que corrí y corrí porque esa, la cuarta vez de bombas lacrimógenas, fue la peor, esa vez la instrucción era clara: dispersa esa vaina, debió haber dicho alguna voz vía radio.

Me refugié en un techito. Imagino que detrás de mi estaban los edificios de la avenida, ignoro que sería ese techito del otro lado. De mi lado era un refugio, un escondite para mi y para otros que me acompañaban en un mutis aterrador.

Recordé las noches. Las noches me dan miedo. Cuando era niña era más valiente, entonces las noches no me daban miedo, adoraba dormir sola y en silencio. Mientras crecía me fui llenando de vicios, de historias, de paranoias, de miedos. Ahora las noches me aterran y pienso en esa frase absurda y trillada pero llena de sentido: el ruido del silencio. El ruido del silencio es ese murmullo de sonidos sin identidad, pueden ser grillos, maullidos, pum pum, murmullos.

Cuando estaba debajo del techito, en esos pocos segundos en los que me refugiaba del gas y tomaba un poco de aire limpio, escuché el ruido del silencio. La gente estaba como desconcertada, no podía identificar un solo sonido.

Entonces otros pum pum. No sé cómo hizo la Policía Metropolitana (PM), no se de dónde salieron, no se dónde estaban. Sólo se que de nuevo el gas nos cubrió y de nuevo corrí. En honor a la verdad no me asfixié y esto creo que debo agradecérselo a mi carrera de 100 metros planos en la que me estrené ese día.

A mi izquierda vi la estación de metro, una de las salidas de Colegio de Ingeniero. La gente salía tosiendo, con las camisas y trapos cubriéndoles el rostro. No me escuchaban. Yo caminaba en dirección a la estación mientras preguntaba si el metro estaba cerrado. “Nos están lanzando bombas adentro”, me dijo una chica que se perdió entre la multitud que aún caminaba a paso apurado, me lo dijo entre toses y con los ojos rojos.

Tras varios intentos el celular por fin funcionó, entre correr y protegerlo de la lluvia, logré comunicarme. “Estoy detrás de Rodovías, todo bien, corriendo a Plaza Venezuela, la PM nos sigue, te dejo, están lanzando bombas otra vez”, escupí las palabras como pude.
El metro no era una opción. Seguí caminando. Vi de nuevo a mis agresores. Estaban a la derecha. Me imagino que la imagen desde arriba debió haber sido una postal de esas de las películas Nazis, cuando los judíos caminaban resignados a su campo de concentración y a sus lados los militares del Führer, custodiando.

De nuevo la PM, poco antes de entrar a Plaza Venezuela. Un hombre molesto hizo algún ademán y de nuevo la policía hizo uso de sus armas, sus bombas. Mi reacción fue totalmente inesperada, yo, que hago alarde de mi castellano sin groserías, no tuve otro impulso más que el de gritar ¡coñosdemadre!

Corrí de nuevo, y de nuevo recé. Perdí la cuenta de cuántos padrenuestros dije. Me tropecé con unos chamos que gritaban “no corramos, aquí estamos” o algo así, sólo sé que los empujé mientras les decía que lo mejor era no provocar más a la policía, que sigamos, que la mejor protesta es estar en la calle. La verdad lo que pensé y que no dije fue que es mejor aquí corrió que aquí murió – o que aquí lo pusieron preso.

Entramos a Plaza Venezuela y nos encontramos con los que huían desde arriba. La ciudad era una pintura de contrastes, mientras nosotros huíamos, mojados, con restos de gas en el cuerpo, con el corazón a mil, otros estaban en sus carros, tocando cornetas a favor /en contra/ o para que te muevas que me incomodas.

Plaza Venezuela era la misma de siempre, sólo que ahora con mejor cara: su fuente estaba encendida. Algunos gritaban “a la autopista” otros sólo caminaban. La PM nos seguía los pasos y un último pum pum llegó a pocos metros de la plaza.

En el boulevard de Sabana Grande nos camuflamos con los otros citadinos que vivían su vida normal, para ellos el sábado 22 de agosto fue un sábado cualquiera, lleno de compras en Sabana Grande, almuerzo en Mc Donalds y cine por la tarde. Y justo ahí me di cuenta de que había perdido mis lentes.

Nayari Rossi Romero
01 de septiembre de 2009

Más fotos en mi galería http://www.flickr.com/photos/buenassalenas/

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Cosas que no entiendo

Honestamente, yo tampoco me explico cómo el perico teniendo un hueco debajo el pico pueda comer // ¿Cómo diablos hace Chávez para hablar horas y horas y tomar café y no pararse “después de la pausa seguimos con más de la cadena” y aprovechar para ir al baño presidencial y hacer pipí presidencial? // ¿Por qué si todos venimos de París no hablamos francés todos por igual? // Anque me fascina, no comprendo exactamente cómo funciona la teoría de los hoyos negros // ¿Cómo se creó Dios? // ¿De dónde saca un funcionario que una arepota puede costar apenas un pelo más que un toronto? // Si el mar es azul porque refleja el cielo y el cielo es azul porque refleja el mar, entonces ¿de qué color es el cielo dónde no hay mar? // Si el hombre (y la mujer) no nace ni bueno ni malo ¿de quién es la culpa de que haya tantas desgracias? … Son muchas más las cosas que no entiendo, pero ya me duele la cabeza por pensar así que mejor no pienso más.

Socráticamente

Esta vez sí. Esta vez estoy dispuesta a escribir como se debe, tengo el firme propósito de levantarme tempranito, tomarme una buena taza de café, no pararle tanto a las noticias y sentarme en cualquier rincón a escribir.

Es que ya no aguanto más el zumbido en mi cerebro, ese zzzzzz que me aturde y que me hace escribir incluso estando dormida.

Simplemente voy a escribir porque algo queda…

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