Premura sexual

Solo existen dos cosas importantes en la vida.

La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo.

Woody Allen

Episodio I: “pana, aquí no vendemos eso”

“Calma—pensó—tampoco es tan difícil, ni que fuera la primera vez. Voy a revisar estos dvd’s para disimular un poco y no parecer un desesperado”.

Mientras tanto sus manos, algo sudorosas, se deshacían de su compañera para empezar a revisar caja por caja de la gigantesca oferta de aquel, el primer puesto del pasillo de ingeniería.

Sus gustos cinematográficos no quedaban cubiertos, en realidad no estaba allí para comprar algún clásico del cine, pero pensó que un lugar en donde venden desde revistas extranjeras hasta llaveros con forma de bate de los Leones del Caracas, podía ser –por qué no—un lugar idóneo para conseguir lo que buscaba.

Pasaba de título en título y de vez en cuando hacía un comentario “yo vi ésta, es mala, la fotografía es terrible, apesta”… la voz de su compañera sólo tenía un interés, susurraba a su oído, “pregunta” y una sonrisa pícara la secundaba.

Una que otra caricia se escapa, ella se acercaba y le hacía señas con los ojos, “deja la pena—le decía ella—ay si, debe ser que no lo has hecho antes”.

Él respiraba profundo y la miraba. Sabía que tenía que preguntar, pero lo invadía una terrible pena. Hasta que por fin se decidió: “pana… ¿aquí venden condones?”

La respuesta fue definitiva, una mirada de incredulidad dirigida a él acompañada de un rotundo “pana, aquí no vendemos eso”.

La lujuria los hizo proseguir unos pasos más allá. Se detuvieron en la librería “El Pasillo”, pero en realidad pensaron que no era muy común la mezcla entre clásicos de la literatura, agendas y condones. Él la tomó fuerte de la mano y siguieron caminando. Al lado, otro puesto- quincalla. Un chamo era quien atendía.

Otra vez la pena, aunque un poco más disminuida. De nuevo la misma rutina: la revisión desorientada de las películas, preguntar por los precios, ver coroticos. El momento cumbre se acerca, cuando ya no hay nadie sino ellos dos y el vendedor. Él se acerca al vendedor, bastante sospechoso, como quien dice un secreto: “chamo, ¿tú vendes condones?”

La mirada del vendedor comenzó a buscar algo en el horizonte, frunció el seño y se limitó a alejarse progresivamente mientras volteaba la cabeza de un lado para otro, indicando la respuesta que desde hace rato era evidente: no.

Episodio II: “se agotaron”

Un par de pasos y la joven pareja no podía evitar el grito desesperado de sus hormonas. Así suelen ser esos momentos.

Llegaron a un puesto no tan pequeño. Se acercaron, observaron que en efecto había desde libros de leyes hasta calcomanías de Hello Kity. Hicieron una revisión rápida. Ella comenzaba a hartarse.

Fue entonces cuando en medio de un arranque impulsivo comenzó a decir en voz muy alta, frente a todos, “gordo, tu crees que un lugar en donde venden Kama Sutra, Kama Sutra para el hombre, Kama Sutra para la mujer, Kama Sutra gay… y bueno no hay lésbico…”, el vendedor interrumpió de pronto y algo exaltado dijo: “aquí está, ¿lo quieres?” Ella ni lo miró y continuó, “ves, tú crees que aquí no está lo que buscas, pregunta”.

Así que él, mirando al vendedor que ya estaba algo confundido, le preguntó “chamo, ¿tienes condones?”

El vendedor soltó una carcajada, “se me agotaron”, dijo. Ella se sorprendió, en efecto sí había un espacio en el pasillo de ingeniería en donde vendían condones. Hubo un par de miradas que se cruzaron de manera cómplice. Ella estaba aún incrédula. “¿En serio se te agotaron?”, preguntó.

Otra carcajada precedió la respuesta del vendedor “claro vale, hasta Postinor tengo, las vendo en ocho”. Las risas se extendieron, ya no eran solo la pareja de la urgencia sexual también estaban otros clientes, transeúntes del pasillo, todos espectadores que encontraban muy gracioso el episodio.

En vista de que este vendedor tampoco tenía, se fueron los dos siguiendo el recorrido por el pasillo.

Los puestos siguientes eran atendidos por personas cuya edad cohibían un poco la curiosidad de la pareja. Él no se atrevía a preguntarle a personas “de cierta edad” si tenían condones, fue en esos puestos en donde la pena lo atacaba más.

Llegaron a uno pequeño, en donde la mezcla de películas, cd’s y programas de computación parece no darse abasto en medio de la escasez del espacio. Hurgaron un poco entre la amplia oferta de esa tienda. Había un par de chamos atendiendo. “bueno, al menos aquí no será tan difícil”, pensó él.

La rutina, establecida y perfeccionada a lo largo del recorrido la hacía ahora con mayor facilidad y más rapidez. La estrategia era como crear una expectativa, ver películas+preguntar precios+lanzar la pregunta en cuestión con la misma naturalidad y nada de estupor: “chamo y condones ¿no tienes?”. Ante la negativa y en vista de que ya no quedaban muchos más puestos se atrevió a insistir, haciendo evidente que necesitaba una pronta solución “¿y dónde los puedo conseguir?”.

El vendedor pensó unos segundos su repuesta y el tono de su voz hizo evidente la incomodad que le causaba tener que dar respuestas tan obvias “vete pa’la farmacia, chamo”.

Episodio III: una mirada dice más que mil palabras

El vendedor ya los había visto. “¿Les puedo ayudar en algo?”, dijo. Él hubiese preguntado de inmediato si El discreto encanto de la burguesía, de Buñuel, no se le hubiese atravesado de la manera como lo hizo. La sacó y preguntó su precio.

“5 Mil, chamo, y la puedes cambiar luego por 2.500”. No lo pensó dos veces para comprarla, oportunidades como esa no son comunes. Ya casi olvidaba el motivo por el cual estaba allí cuando ella, con toda la picardía que la caracteriza, se le acercó y le recordó que preguntara.

Otra vez el nerviosismo “qué van a creer aquí, que somos unos pervertidos o unos extravagantes, que en vez de comprar películas prono vemos surrealismo antes de tener sexo. Estás loca”, le dijo. Ella insistió.

Entonces él volvió a ver las películas (siguiendo la ya elaborada estrategia). Mientras tanto llegó otro vendedor. Ya eran dos.

De seguro era preferible seguir hasta la farmacia como les habían dicho antes, pero quien quita y en este último lugar había lo que buscaban. “Preguntemos por no dejar”, dijo ella sin dejar de abrazarlo.

Él se les acercó un poco al par de vendedores y entonces preguntó “pana, ¿vendes condones?”. Los dos vendedores se miraron y de inmediato dejaron escapar tímidamente una sonrisa, al tiempo que movían sus cabezas al compás de un “no”.

Nayari Rossi Romero

26 de enero de 2006

Foto: Pasillo de Ingeniería de la UCV

Rally por una visa

Son las 12 del día de un lunes. Fernando Sánchez no está en el trabajo, sino que se encuentra acompañado de su esposa e hija de 5 años. Sentados en uno de los bancos de la Embajada de Estados Unidos, en la urbanización Colinas de Valle Arriba, esperan su turno para la entrevista en la que se decidirá si habrá visa para la pequeña.

“Yo voy mucho a Estados Unidos por negocios y quiero que mi hija vaya en vacaciones”, manifestó Fernando. La niña está abrazada a él, con la ilusión de su viaje.

Antes de llegar a la sede diplomática, la familia Sánchez tuvo que solicitar la cita vía telefónica. Lo hicieron en enero de este año y se la fijaron para mayo. Tuvieron que cancelar $ 131 (Bs.F 281,65).

“Uno espera por la cita porque es mucha gente la que quiere una visa y hay que comprender eso”, dijo Fernando.

La entrevista estaba pautada para las 12:30 pm y llegaron media hora antes porque así lo estipulan las exigencias de la embajada.

Citas diarias
Ese lunes estaba previsto atender a 522 aplicantes, pero, como señaló el jefe de visas y cónsul en Caracas, Richard Walsh, lo usual es que se cumplan 650 citas diarias. Una vez comprobado que los documentos de la familia Sánchez están completos, debe pasar a la toma de huellas digitales y luego a la sala de espera que apenas tiene capacidad para 85 personas. Después viene la parte final del proceso, la que pone los nervios de punta a muchas personas.

“El público debe estar bien preparado. No hace falta ponerse nervioso, sólo hay que demostrar que tiene lazos con Venezuela y que va a regresar a su país”, aseveró la cónsul general Peggy Gennatiempo.

El número de solicitudes de permisos para viajeros se ha mantenido alto. Durante el año 2007 fueron aprobadas 103 mil 133 visas de no inmigrantes en Venezuela, cifra que cambió considerablemente desde 2005 cuando se ubicó en 95 mil 357 visas aprobadas. Mientras que en el año 2006 la cantidad alcanzó a las 109 mil 586.

Walsh afirmó que la mayoría de las solicitudes de los venezolanos son aprobadas. Cuando esto sucede se imprimen las visas de inmediato y se envían por correo. Si el solicitante está en Caracas la recibirá en un plazo de tres días máximo, y si está en el interior del país, en cinco días.

Petición negada
Cuando la visa es negada, al solicitante se le hace llegar una carta a través de la cual se explica que la solicitud no fue exitosa debido a la Sección 214 (b) de la Ley de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos.

Ello significa que el interesado no demostró tener lazos familiares, sociales o económicos suficientemente fuertes en su país de residencia. En consecuencia, deberá esperar unos seis meses o establecer estos lazos para luego volver a realizar el proceso.

Toda la información, incluyendo la planilla, está en la página web de la embajada http://caracas.usembassy.gov, por lo cual el proceso de solicitud de visa es igual para quienes viven en Caracas como para los que residen en el interior del país.

Asimismo, Gennatiempo puntualizó que existe el programa de agencias de viajes, que permite a aquellas personas que quieren renovar su visa (sólo cuando fue aprobada por un año o más y si tiene un año de vencimiento), ir a estas instancias autorizadas y renovarla sin ir a la Embajada.

Cuarto lugar
Venezuela es el cuarto país de Suramérica con más visas de no inmigrantes aprobadas, después de Brasil (359.735), Colombia (196.099) y Argentina (112.895). Sirve para una estadía no mayor de 6 meses y los venezolanos pueden tenerla hasta por 10 años.

Larga espera
Muchos se quejan porque hay que esperar entre cuatro y seis meses por una cita para obtener la visa. Richard Walsh no tiene respuesta. Dijo que han tomado medidas para agilizar el proceso, pero que están limitados porque el espacio de la Embajada es pequeño.

Nayari Rossi Romero
Publicado el 17-05-2008

Las dos caras del 2D de 2007

Caracas amaneció fría, con un frío de esos que llega a los huesos, somete las ganas de pararse y obliga a quedarse bajo las sábanas. Sin embargo, muchas personas se despertaron con el tradicional toque de diana oficialista -a las 3:00 am- que atizaba los ánimos de los defensores del Si y del No.

Las voluntades de salir a ejercer el llamado “derecho al voto” terminaron pronto. Ya a las 9:00 am, la afluencia de personas en los centros electorales había bajado para sorpresa de muchos de los que apoyaban el No, quienes esperaban un largo día de cola en las afueras de los centros de votación. Más que sorpresa, para este sector el sentimiento que viajaba a la velocidad de la telefonía celular -a través de mensajes de texto- era de desconcierto.

Líderes sin seguidores
En el corazón de la ciudad, a unas cuadras de Rctv Internacional, en Quinta Crespo, una señora hablaba de forma despectiva de Robert Serra, estudiante pro gobierno, mientras hacía la cola en el centro de votación UEN Víctor Turmero. Según la mujer, Serra apareció “a las 5:50 am” para luego retirarse. En ese colegio, la situación fluyó con normalidad a pesar de que la máquina captahuella no funcionó sino hasta unas horas después.

A las 8:00 am regresó Serra. Su aparición no pasó desapercibida. Un pequeño círculo de camarógrafos rodeaba al dirigente de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), con su característico peinado de pinchos y con una sonrisa amplia. Algunas voces se alzaron en su contra y otras respondían aún más alto “¿Y qué pasa? Él es un ciudadano como cualquier otro”, refiriéndose a Serra.

Su madre estaba haciéndole la cola y fue por eso que llegó justo cuando le tocaba la entrada a la mesa de votación. Puerta adentro comentó en voz muy alta que a sus 20 años sólo había votado una vez antes de esta ocasión.

Desde que tenía 16 años “quedé comprometido con el proceso que encabeza el presidente Hugo Chávez”. Confesó que fue en abril de 2002 cuando quedó verdaderamente contagiado de la emoción que se vivió tras el regreso del Presidente a Miraflores.

“Siempre quise que mi primer voto fuera para Chávez”, dijo con la total vehemencia que transmite siempre en la televisión. Acto seguido su mirada se desvió a dos puestos delante de él, donde una señora susurraba comentarios pocos gratos para Serra.

Votó con la misma sonrisa con la que llegó, orgulloso de una decisión que había tomado hace tiempo. “Los jóvenes encabezan gran parte del liderazgo yendo a buscar gente para que vote” comentó.

Más allá de sus declaraciones, a las afueras del centro la cola era corta y pocas eran las caras jóvenes que se veían.

Ausencia de jóvenes
A las 9:00 am, el recorrido por los centros capitalinos del este y oeste revelaba más ausencia de los electores que presencia masiva. En la Universidad Nueva Esparta (urbanización Los Naranjos) la testigo de mesa, Francis Planas, “rezó” para que más gente fuera a ese centro de votación.

Enrique Vásquez la felicitaba porque sus oraciones habían tenido éxito y fue así como a las 11:00 am, 35% de los electores de ese centro había ejercido su derecho. Pero las oraciones no fueron tan fuertes como para abarcar otros lugares.

En el Colegio Claret, en El Hatillo, tampoco había una asistencia abrumadora. A las 11:30 am, Freddy Guevara, estudiante opositor, también de la Ucab, había llegado a este centro. La gente lo recibió con sonrisas y le gritaban que entrara sin hacer cola. Muchos le daban palmadas en el hombro y otras voces femeninas se alzaban alrededor mientras él concedía entrevistas.

“¡Es una belleza!” “Estos muchachos valen oro”, se escuchaba cerca del joven. Más adelante la gente se acercaba a hacerle preguntas, como si fuera una suerte de oráculo político. La abstención no le preocupaba pues esperaba que el pueblo fuera a votar porque “el venezolano cumple con su deber cuando tiene que hacerlo”. Antes de colocar su voto dentro de la caja se persignó.

A las 12:00 del día, en el colegio Claret había votado sólo 30% de los electores. Además de Guevara, los jóvenes eran contados con los dedos.

Al atravesar la capital y llegar al oeste, había una ciudad que seguía su vida normal: buhoneros, mercados de verduras, tiendas con compradores, como si no fuera un domingo de elecciones.

En el liceo Federico Quirós (en Catia), la cola no avanzaba porque, según los electores, el proceso de votación era un poco lento. En el 23 de Enero ya a las 12:30 del día se veían las caravanas rojas pintadas del Sí recorrer el sector. Algunos de los habitantes de esta zona lucían sus atavíos “rojitos”; uno de ellos alzaba una botella de cerveza quizá para amainar la sed propia de la Ley Seca, que aún no había terminado. Cerca de las 2:00 pm el paso a Miraflores estaba cerrado.

Caracas fue tomando calor después. Sus calles lucían como un domingo cualquiera y los estudiantes, que días antes llenaron la avenida Bolívar, no hicieron acto de presencia, para sorpresa de todos.

Pocos electores
En el liceo Andrés Bello, ubicado en el centro de Caracas, votan aproximadamente 12 mil personas, a pesar de esto, a las 2:00 pm, lucía un poco despejado. El coordinador de este centro explicó que 60% de los electores ya había votado mientras que Carlos Julio Rojas, secretario Ejecutivo de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, dijo que la cifra apenas alcanzaba 50%.

Nayari Rossi Romero
Publicado en el Diario El Tiempo de Puerto la Cruz el 03-12-2007

En el Sambil se sufre… pero se compra

Murmullos. Palabras. Llanto de niños. Carcajadas. Pausa: una pareja se besa apasionadamente en medio de la multitud. El lugar común de un río humano se queda pequeño, eso era más bien un tsunami, una masa de rostros anónimos que se movían al unísono, siguiendo el mismo sentido, como un cardumen: la entrada del centro comercial Sambil de Caracas.

Ya desde la estación de metro de Chacao se comienza a sentir la angustia de quedar atrapado en esa suerte de ola creciente de mujeres, niñas, adolescentes, niños, hombres, consumistas yendo a su santuario.

De pronto me vi allí, arrastrada por la marejada de personas. Con la intención de ir a un lugar preciso, pero sin voluntad para evitar el poder de la masa.

Este lugar es extraño. Aún no logro definir qué clase de forma tiene. Una vez adentro se ha traspasado una puerta, un umbral que encierra los misterios de la masa, no hay que intentar buscar explicaciones lógicas a las actitudes de un montón de gente que camina siempre en el mismo sentido.

El gran escape
Mi misión: cobrar un cheque el 15 de diciembre. Sin duda un acto heroico del cual no sabía si saldría airosa, e ilesa. Una vez dentro del Sambil, respiré profundo y con este metro cincuenta de humanidad que llevo con orgullo (no me queda de otra) decidí nadar contra corriente y encontrar finalmente mi destino.

Serían las cinco de la tarde cuando, luego de sortear el tráfico congestionado característico de quincena, finalmente hice mi entrada triunfal. Comenzó la aventura, una odisea en la que yo era la versión femenina de Indiana Jones.

Pareciera que los capitalinos nos acostumbramos al Sambil, al tráfico que genera en su pequeño espacio en la Avenida Libertador, a su caos interno, a su forma de estrella o araña.

Sólo los más expertos logran recorrerlo sin perderse. Definitivamente yo no formo parte de este grupo, así que recurrí a mi única salvación: el directorio electrónico.

Allí comencé a elaborar mi teoría sobre el placer que sentimos en esta ciudad por las colas. De otro modo no se explica que tardara cerca de cinco minutos parada, antes de poder ubicar en un dos por tres mi lugar de destino.

Delante de mí había una familia que no tenía la imperiosa necesidad -como yo- de encontrar el lugar a visitar. “Busca la tienda de ropa interior, esa que anuncia el papito de Juan Carlos García”, decía la hija adolescente. “No, mejor busquemos la tienda de Rudy Rodríguez, ella es tan bonita, yo quiero su maquillaje, pa ve si me levanto al Presidente también”, decía la señora. “Nada de eso, vamos a buscar la feria, que yo lo que tengo es hambre”, replicaba el señor. “Mami, busca la juguetería, para comprar el roboraptor dinosaurio”, suplicaba el chamo.

Entre tanto, la cola se hacía más larga. Y yo, en el medio, atrapada. Hasta que, finalmente, la familia se apiadó de mi -quizá notaron mi desesperación justo cuando comencé a voltearles los ojos- y se fueron, sin haber precisado el lugar en el que comenzarían su excursión navideña.

Al fin solos mis dedos y la pantalla. Fue glorioso el momento en el que esa suerte de oráculo me mostraba mi ruta a seguir. Sólo tenía que bajar dos pisos, caminar hasta la plaza el arte y ya estaría en mi lugar.

Suena fácil, pero apenas comenzaba la aventura. Recordé el episodio bíblico en el que Moisés divide las aguas, invoqué al personaje para que me ayudara a atravesar la multitud que precedía las escaleras mecánicas.

En mi lento peregrinaje hacia el banco aproveché para ver un par de tiendas. Pensé en que tal vez podría cumplir con la sacro santa tradición de comprar el estreno. Entré a una tienda que presumí era barata a juzgar por la cola en la caja. “Y éste en ¿cuánto lo tienes?”, le preguntó una señora a la vendedora, refiriéndose a un vestido de lo más normalito, sin firma de algún diseñador de renombre, “baratico, mi amor, 299 mil”.

Salí sin ni siquiera hacer preguntas. De reojo miré una juguetería, pensé en el regalo del chamo, los famosos roller shoes. Adentro, los niños enloquecidos con cada invento nuevo, los cajeros no se daban abasto, lograr que me atendieran fue como ganarme la lotería. Pedí los fulanos zapatos con ruedas en talla 36 y mi intención se vio frustrada: “te los tengo de talla 32, nada más, a 180 mil, aprovecha porque están baratos”, me dijo la vendedora. Y en efecto estaban a buen precio. Pero los pies de mi chamo tienen su valor, 209 mil bolívares que pagué -en otra tienda- sólo por verle la sonrisota el 24.

“No compraré más”, me dije a mi misma y seguí en la procesión al banco. De pronto me vi envuelta en un grupo de niños -y no tan niños- que dejaban la baba pegada a la vitrina de una tienda de videos, viendo el último de nintendo de 2 millones 500 mil bolívares. La tienda tenía más gente afuera que adentro.

Ya casi llegando al banco me quedé atrapada en medio de la parranda “Mistolín” -promocionando su nueva fragancia navideña con notas de canela y naranja- que terminaron por aturdirme más. Comencé a experimentar una especie de asfixia, por un momento tuve la tonta idea de sentarme, cosa imposible a estas alturas. Decidí seguir mi camino.

Por fin encontré el banco. De nada me sirvió bajar dos pisos, la cola para entrar estaba en la escalera y abarcaba tres pisos. Volví a subir, resignada, sabiendo que estaría allí al menos un par de horas más. Entonces recordé la frase que había leído en la página web del centro comercial: “el Sambil es Venezuela”.

Misión salir (toda una experiencia extrema)

“Entren que caben 100”, sonaba en el reproductor mientras Miguel salía del centro comercial. Eso de ir un 15 de diciembre al Sambil, le resultó toda una experiencia.

“50 parao´s y 50 de pie”, tarareaba la canción mientras transcurrían los minutos. Subía un piso, subía dos, subía tres… y la cuenta seguía. En el carro el calor era infernal.

4.500 puestos de estacionamiento, y 9.856 carros que visitaron el mall ese día congestionaron la hora pico.

Había realizado el pago express que tiene un límite de 45 minutos; sin embargo en estos días se extiende un poco el tiempo. Quienes dirigen el tráfico interno sudaban, literalmente, la gota gorda. En el estacionamiento del Sambil a las horas pico lo que hay es una larga cola que casi no avanza.

Bis, bis

En el reproductor seguía sonando la canción de Héctor Lavoe, que se repetía por segunda vez. Ya casi llegaba al final, luego de haber pasado 45 minutos saliendo del estacionamiento. Afuera el panorama no mejoraba, la cola se extiende por la avenida Libertador y más allá. Manejaba como autómata. Parece haber una especie de costumbre, como si la idea de gastar tres cuartos de hora en salir de un estacionamiento no le alarmara. A lo mejor sí, pero prefiere no pensar en eso.

La maletera no va tan llena como quisiera, pero al menos siente seguridad, una sensación que se valora mucho por estos días y que, sin duda, vale la pena. Prefiere no recordar los casi 10 minutos que tardó en estacionarse cuando llegó y lo del dinero por el servicio. Todo sea por conservar su carro intacto lo que es casi un lujo en esta ciudad.

La experiencia en el estacionamiento del Sambil requiere, como el recorrido por sus pasillos en pleno diciembre, de una profunda meditación Zen. Canalizar la rabia y respirar profundo.

La cifra100 mil personas aproximadamente visitan el centro comercial Sambil de Caracas a diario, tal y como informaron en el departamento de mercadeo de este mall. Su infraestructura es de cinco pisos en los que se encuentran un total de 500 comercios. Entre otras cosas se le reconoce como el lugar de compras más grande de latinoamérica.

Nayari Rossi Romero
Publicado en el Diario El Tiempo de Puerto La Cruz el 23-12-2006
*El maravilloso título se lo debo a la editora Mary León

Luces, cámaras y acción (de cuando Chávez se lanzó a presidente, de nuevo)

Temprano el CNE parecía más que el recinto para el resguardo de la democracia, un escenario. Las cámaras y los periodistas esperaban. La seguridad y el protocolo luchaban por mantener a los comunicadores al margen.

A media mañana una rubia hizo su entrada. No le hicieron requisa, ni presentó carnet. Vestía su chaleco distintivo y su gorra, esta vez verde militar. Lina Ron entró calmada pero indetenible.

Desde un balcón unas chicas se meneaban. Movían sus manos al son de una suerte de “reguetón”: “Diez millones, son diez millones”. Anunciaban la llegada del primer mandatario.

Una aureola roja hacía apenas visible la cara de Chávez. Las cámaras estaban atentas, los flashes se disparaban y entonces, comenzó la acción. La puerta se cerró a empujones dejando afuera al alcalde Juan Barreto, quien entró luego. La llegada de Chávez fue sólo el abre boca. Más tarde concedió una rueda de prensa, muy breve porque luego iría a hablar con el pueblo.

Su salida del CNE fue menos discreta que su entrada. Arriba las chicas lo despedían al son de “¡uh ah, Chávez no se va!” y mientras tanto una lluvia de papelillos caía sobre el ahora candidato presidencial.

Abajo los gritos eran su fanfarria. La Plaza Caracas era una mezcla de olores y colores. Los buhoneros ponían precio a la ideología: gorra con diez dedos que se iluminaban, a Bs 20 mil; franelas con cara de Chávez en billete de 10 dólares, a Bs 15 mil. El público lo aclamaba, pero el Presidente sólo habló una hora, como pocas veces.

Nayari Rossi Romero
Publicado en el Diario El Tiempo de Puerto la Cruz el 13-08-2006

Feria revolucionaria (desfile 05 de julio de 2006)

CARACAS.- (06-07-2006) En una parte de la ciudad se respiraba el ambiente tranquilo típico de un día feriado, mientras que más hacia el oeste la capital se llenaba de una multitud frenética, contenida por los guardias militares, quienes intentaban fallidamente hacer de guías y a la vez conservar el orden del tráfico.

Siguiendo el movimiento inerte de la masa lo primero que se podía divisar era un autobús que en perfecto castellano -cuidando las normas ortográficas de acentuación- decía: “Míster Danger, déjanos hacer el amor y no la guerra”.

Al ver este anuncio ya se sentía el ambiente de revolución y el aire se llenaba de pronto de lo más variopinto de nuestra idiosincracia: el olor a fritanga y los tarantines con artículos que iban desde franelas con caras del Che y de Hugo Chávez, hasta cosas inútiles como una libretica con mensajes de textos “para que la enamores” por celular, todo a módicos precios que oscilaban entre los mil y 18 mil bolívares.

En el recorrido no faltaban múltiples puestos de comida, toda una feria como haciendo honor a nuestros ilustres invitados internacionales. Se podía disfrutar de una parrilla “con todo” -tal vez como en las calles de Buenos Aires- por sólo 10 mil bolívares.

De pronto la multitud era frenada por un toldo que recibía a los niños que venían a disfrutar de su desfile. Como si se tratara de una visita al circo, así los más pequeños se pintaron su cara y jugaron con los globos que les regalaban.

El ambiente sin duda era de fiesta, como siempre en nuestro país donde las excusas sobran para agarrar un día de celebración (y hasta dos y tres cuando se trata de un puente como éste).

Innovación
Siguiendo el camino y con las ansias por descubrir los potenciales de las nuevas adquisiciones militares, un puesto llama la atención. Eran dos chicas con franelas rojas y pantalones pescadores militares. En sus franelas una inscripción hacía detener la vista: “Himnos y canciones para el alma”.

Se trataba de un digno producto nacido de la creatividad criolla, un librito con los himnos -militares en su mayoría- que se entonan en nuestro país. Su creador está consciente del potencial de su producto: “es un mercado de más de 20 mil personas que no conocen todos estos himnos” refiriéndose a los militares, por supuesto.

Poco antes de llegar al destino la masa de personas se detenía y violando el estricto orden militar, cruzaba la calle para ver de cerca lo que tanto entusiasmo les causaba: unos tambores de Curiepe hacían gala de lo mejor de su tierra.

Después de haber partido las caderas, la multitud seguía su recorrido, nadie quería perderse el desfile del 05 de julio. De fondo se escuchaba la marcha militar. La algarabía crecía de un extremo a otro. Los ojos de los niños no podían ocultar su deslumbramiento.

Nayari Rossi Romero
Publicada en El Diario El Tiempo de Puerto la Cruz el 06-07-2006

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