Estampas de la ciudad 2

Cayó la tarde sobre Parque Central

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Estampas de la ciudad 1

Centro de Caracas. Sábado 5 de enero 2013. Un gato reposa en un carro. Sus ojos verdes y profundos se abren ante mi cercanía (seguramente lo asume como una invasión a su ritual de descanso).

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Bendiciones

Desde hace algún tiempo y de una manera tácita hice un trato conmigo misma, algunos de sus considerandos son estos:

* En las noches pido la bendición a mis padres, como niña chiquita

*Antes de dormir siempre le digo te amo

*Cuando me despido de mis amigos les digo lo mucho que los quiero

*Comienzo mis oraciones dando las gracias

*Trato de encontrar al menos un pequeño detalle diario que me demuestre la grandeza de la humanidad

*Siempre le doy las gracias a la gente que me ofrece un servicio y lo hace con la mejor disposición, a pesar de que otros me dicen que ese es su trabajo y no hay nada que agradecer

Mi ritual es una serie infinita de agradecimientos porque estoy convencida de que las mejores bendiciones en mi vida son las personas que me rodean.

Esperanza

 

Foto de Ben Heine

Foto de Ben Heine

Hoy es 31 de diciembre de 2010, a pocas horas de comenzar un nuevo año todo el mundo hace listas, al mejor estilo de las compras nerviosas, y hacen un balance de su año. 365 días que no han sido fáciles, vivo en un país que no es tal cosa, es a veces un chiste cruel, un pueblo, un terreno baldío, un espacio para crear, un mapa sin sentido, tantas cosas es este país que, por alguna razón, sigue manteniéndome sobre él. Tengo un par de meses pensando en la esperanza y es que no conozco otra forma de vivir la vida si no es desde el optimismo y siempre, pase lo que pase, mi primer deber es ser feliz. Así que, a pesar de las noticias de un país de Manolitos y Mafaldas decidí que es un buen día para reencontrarme con la esperanza, la que nunca me falla. Contra todo pronóstico vamos a ser felices, es nuestro mejor aporte para hacer de éste, un mundo mejor.

Esperanza, pobre de ti, no tienes la culpa de llevar ese nombre. Tu nombre es el gran antónimo de todo lo que te rodea. Tú que cuando tuviste tu primer novio él te aplastó con sus 200 toneladas de pensamientos realistas y comenzaste a cambiar tus ropas de colores por unas más grises. Adultas te diría él. Él, el mismo que meses después decidió arrugarte como un delgado e inútil papelito que se lanza a la basura. Se fue dejándote un adiós amargo en la boca, un adiós que nunca dijiste.

Te dejó ahí, en un rincón en donde intentaste reconstruir las piezas que se rompieron. Encontraste un corazón que latía débil, unas lágrimas negras de tanto maquillaje que usaste para impresionarlo, una piel seca, un cabello con tinte. Una tú irreconocible. En ese rincón sólo atinaste a aferrarte al único pensamiento que te quedaba por esos días: la esperanza es lo último que se pierde.

Esperanza, tú y tu mirada, tu brillo en los ojos, tu risa perenne, tus ganas de vivir aunque algunas veces apenas sobrevives con esa fé casi absurda en la humanidad, la misma humanidad que te desgasta el nombre.

Todos te invocan, todos te idealizan, te someten a las pruebas más duras. Tu vida no es fácil y casi no es vida, a veces simplemente te desvaneces en las manos, en las ideas de una mente soñadora que un día se paró en la mañana y se dio cuenta de que no, soñar no sirve de nada, entonces empiezas a agonizar un poco. Cada vez que alguien te usa, te abusa, y luego se olvida de ti, ahí agonizas, deliras. Esperanza, al final terminas convirtiéndote en una puta a la que nadie le paga.

¿Recuerdas la primera vez que votaste? Tu dedo era movido por una fuerte convicción, creíste. Le creíste las promesas al candidato que abrazaba abuelitas y besaba bebés. No te culpo, otros tanto también le creyeron. Y ahora, unos cuantos años después, ese señor bonachón que antes abrazaba abuelitos y cargaba nenés, juega con tus ilusiones y sigue haciéndote promesas que no van a ningún lado, en cambio empezarás un nuevo año en este pedacito de tierra donde te tocó vivir, un nuevo año devaluada. Sé que enfrentarás la realidad con la misma fuerza con la que sueles hacerlo, con las ilusiones a flor de piel que al final son tu gran capital, te pararás y a cada día lo retarás tratando de salir invicta, conservando tu sonrisa al caer la tarde.

Tú eres fuerte… creíste en la justicia, siempre lo has hecho y te crees libre de andar por el mundo sin fronteras del que eres dueña y no importa cuanto apeste nuestra realidad tú siempre vienes y me abrazas y me avivas los sueños, las ganas. Esperanza.

 

P.D: tEo pasó por acá y me regaló esta canción “Más guapa que cualquiera” de Fito y Sabina. Con la canción vino una sonrisa :) espero la disfruten como yo

 

 

Metro-hot!

Métete. Apriétate. Tócate / tócalos. Cierra los ojos y respira. Despeja tus pensamientos, abre tu mente. Deja que el sudor corra libre por tu piel, se te ve bien, nena. Relájate y coopera, amiga, que a las 6 pm el metro nunca ha sido amable, menos en tiempos de retraso.

Foto del grupo de Facebook de @caracasmetro

Quedaste en el oscuro limbo entre Plaza Venezuela y Capitolio, a nadie importa el destino de ese vagón repleto, sin aire acondicionado, que se quedó varado en medio del túnel. Si estás ahí disfruta de tu encuentro fortuito y pórtate como el nuevo hombre, el que estos tiempos neo socialistas ha formado de a poco. Quítate la camisa roja, mira a la chica de enfrente y no esperes más. Sé un buen ciudadano metro y llévala a tu puesto, siéntala en tus piernas, tócala de a poco, con ganas, bésale el escote.

Tu ratico de placer tiene banda sonora porque te sentaste al lado de un pana que no conoce ese maravilloso invento llamado audífono. En el vagón y ante la mirada deseosa de los depravados que te acompañan, suena una salsa erótica “tú conmigo, yo contigo… sobredosis de amor”.

La nena se quita los tacones y sus amiguitas te hacen un baile en el batitubo que antes agarraba una viejita, cuando el metro andaba y la doña no quería caerse. Las amiguitas de tu nena lamen el batitubo y se tocan unas a otras. Ya estás excitado.

Tu nena se ha parado frente a ti, se acerca a tu oreja, te susurra palabras sucias y te propone un nuevo juego. Tú te paras en el asiento y ella se agarra de los posamanos de arriba, jugarán al columpio, inventarán una nueva posición. El público aplaude.

Tú agarras a la nena, está chévere la jeva. “Tú conmigo, yo contigo…” sigue sonando la salsa erótica porque el DJ la repite una y otra vez.

Las amiguitas de tu nena ahora pasean por los pasillos, de la nada salieron los látigos con los que ahora azotan a los viejos verdes, los mismos que se las bucean sin parar. En las puertas, ahora humedecidas por el calor del vagón, se pegan los cuerpos ardientes de otros que decidieron aguantar la espera y matar el aburrimiento con un poco de placer gratuito con extraños.

50 minutos después, varios orgasmos más tarde, el metro repara la falla. Finalmente llegan a una estación en la que todos se bajan despavoridos. Límpiate el sudor, toma un poco de aire, quita la cara de que acabaste exhausto.

Voz en off se le informa a nuestros distinguidos usuarios que la falla generada por un transbordador número 540500 detectada en la línea 1 ha sido solventada satisfactoriamente. El metro de Caracas, motores a máxima revolución.

Visitante Número33

Hola, soy la visitante número 33. Así han decidido apodarme hoy en la oficina. Es un edificio gris, aunque ellos quisieran teñirlo con un pésimo rojo de poca clase y agresivo a la vista, a pesar de ese intento de  querer ser grotescamente llamativos no  lo logran, están lejos, el  edificio es gris.

Hace unos meses quedaban todavía los vestigios de una civilización que poco a poco se ha ido diluyendo como las migas de pan deseparacen en el café amargo, sabes ese café que queda al final y tiene una capa gruesa de borra al fondo de la taza, esa cosa áspera que no es café sino un desecho espeso, bueno y cuando las migas de pan se mezclan con la borra desaparece el sabor del pan y del café y solo hay una superficie sólida al final de la taza que nadie quiere. Así, de una manera vertiginosa, ha ido diluyéndose la civilización en la borra de esto que ahora nos rodea.

Hubo una linda época en la que los cuatro (se lee 4) ascensores de la Previsora funcionaban. Nada de esperar minutos interminables ni hacer largas y absurdas colas para subir los 22 pisos de un edificio que, ante todo, es un emblema arquitectónico de la ciudad.

Avanzando a la increíble velocidad del caos. Ese día la voz desde la pantalla gritó la palabra con la E que ahora, a los niños chiquitos, se les debería definir como una grosería, una que dices después de coño y antes de arrechera o en cualquier orden porque no se altera el sentimiento de impotencia.

Al día siguiente la recepcionista, con su mirada de “sí, bueno, no se ni que estoy haciendo con mi vida” me dijo que le dejara la cédula porque esa era la nueva normativa. ¿La cédula? Niña, ¿tú sabes lo pelúo que es sacarse una cédula en este país? ¿tú crees que te la voy a dejar las 8 horas de mi jornada laboral a ti que me miras con esos ojos de no se que estoy haciendo con mi vida?. Pensé pero no dije, debo confesar que su gorra roja me infundió un sentimiento indefinido entre la lástima y la rabia.

Dejé mi valioso documento de identidad y a cambio recibí una identificación. Subí a la oficina, busqué un carnet viejo de la universidad que me hizo pensar que los años sí han pasado y que antes yo me paraba feliz ante la cámara con mi cara de guerrillera-hippie (sí, sí, la mayoría de los ucevistas tuvimos esa apariencia alguna vez) y saqué feliz ese carnet que recordaba unos muy buenos años. Bajé de nuevo y reclamé mi cédula.

Mientras esperaba el ascensor me detuve en el nuevo carnet: un teipe pegaba al plástico un número. 33 Esa era mi identificación, la misma que el tipo de seguridad con su tufo de hombrecillo en pequño espacio de poder, me dijo “amor eso es pa que lo lleves en un lugar visible” como si el tipín no me viera la cara todos los días, como si el carnet de verdad me identificara, como si tuvieran un sistema de seguridad infalible.

Sistema de seguridad infalible: Buenos días visitante número 33,sabemos quién eres,vigilamos tus movimientos, tenemos fríamente calculadas más de mil estrategias para actuar en caso de que tú, visitante número 33, te rebeles contra el sistema y hagas algo, aunque sea mínimo, en contra del bienetar y la armonía de la torre.     



Placeres simples

Aquí estoy comiendo @unheladito con los creadores :D

Disfrutar la vida no es un derecho, es un deber. Encontrarle sabor a cada momento, ponerle color a cada hora, sonreir con cada día, no es más que una cuestión de decisión.

El domingo fue un día feliz, el primer día de agosto me regaló un domingo diferente.Yo, que soy fiel practicante de esa doctrina que reza “Il dolce fare niente” para el último día de cada semana y tengo por costumbre comer helados y ver tele los domingos, yo que O-DIO salir los domingos de casa –eso de quitarme la pijama y lavarme las lagañitas es pagano en este día- decidí que este domingo me saldría de la costumbre, para variar un poquito.

Este domingo lo merecía. Luego de unas labores de trabajo que me dejaron liberada a la una pe eme, finalmente pude disfrutar de una tarde familiar: fuimos a comer alguito y de allí al Mercadito de la Plaza (@elmercaditodlp).

La ciudad puede ser amable de vez en cuando y la idea de apropiarnos de una plaza, comer @unheladito de cardamomo y otro de té verde, un tequeño de plátano,comprar unos zarcillos locos y ver qué se está haciendo en el diseño criollo es casi un tratamiento espiritual, como ir a un spa y exfoliarnos la esperanza, dejarnos el cutis limpio para sonreir y creer que sí, este país definitivamente puede dejar de ser aburridamente monotemático.

Agosto empezó así, me agarró de sorpresa y me regaló una felicidad tan simple, tan inesperada, casi tonta.

Aquí algunas fotos

Crónica social

Foto: Fabio Cuttica

Historia real de un día cualquiera en un barrio cualquiera de la capital venezolana.

Pum pum. “Y lo mataron amurrungado”. No se atrevieron a seguir subiendo, se quedaron escondidas en la peluquería hasta que ya no vieron más a Los Quilombos. Una mamá de 22 años y su hija de 5.

En la otra esquina estaba otra mamá de dos hijos, Jason de 16 y el pequeño que le habitaba la panza desde hacía 8 meses.

“Jason salió a comprar un cubito y yo angustiada me olvidé de barriga y todo porque no respetan y pensaba si me malogran al muchacho…”.

Los Quilombos viven más arriba, se han ganado el respeto que merece todo malandro armado y drogado. “Tenían una culebra con el muchacho al que mataron”. Los vecinos no se meten en esas historias, se esconden en sus casas, cierran puertas y ventanas y evitan tropezar por casualidad con algunos de estos reyes sin corona.

“Lo mataron amurrungado” seis tiros en la cabeza, la misma que cuando le funcionaba, le dio para pensar en esconderse en un kiosco de quesos, luego de una carrera en donde el único premio sería vivir unos días más. Los Quilombos lo encontraron y antes de las 7 de la noche perdió la cabeza y la vida.

Fue entonces cuando salieron de la peluquería la mamá de 22 años y su hija de 5. Jason llegó a casa con el cubito que a su mamá ya no le importaba tanto, corrió a abrazarlo y los dos corazones dentro de ella volvieron a latir.

Nayari Rossi Romero.-

2010

Premura sexual

Solo existen dos cosas importantes en la vida.

La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo.

Woody Allen

Episodio I: “pana, aquí no vendemos eso”

“Calma—pensó—tampoco es tan difícil, ni que fuera la primera vez. Voy a revisar estos dvd’s para disimular un poco y no parecer un desesperado”.

Mientras tanto sus manos, algo sudorosas, se deshacían de su compañera para empezar a revisar caja por caja de la gigantesca oferta de aquel, el primer puesto del pasillo de ingeniería.

Sus gustos cinematográficos no quedaban cubiertos, en realidad no estaba allí para comprar algún clásico del cine, pero pensó que un lugar en donde venden desde revistas extranjeras hasta llaveros con forma de bate de los Leones del Caracas, podía ser –por qué no—un lugar idóneo para conseguir lo que buscaba.

Pasaba de título en título y de vez en cuando hacía un comentario “yo vi ésta, es mala, la fotografía es terrible, apesta”… la voz de su compañera sólo tenía un interés, susurraba a su oído, “pregunta” y una sonrisa pícara la secundaba.

Una que otra caricia se escapa, ella se acercaba y le hacía señas con los ojos, “deja la pena—le decía ella—ay si, debe ser que no lo has hecho antes”.

Él respiraba profundo y la miraba. Sabía que tenía que preguntar, pero lo invadía una terrible pena. Hasta que por fin se decidió: “pana… ¿aquí venden condones?”

La respuesta fue definitiva, una mirada de incredulidad dirigida a él acompañada de un rotundo “pana, aquí no vendemos eso”.

La lujuria los hizo proseguir unos pasos más allá. Se detuvieron en la librería “El Pasillo”, pero en realidad pensaron que no era muy común la mezcla entre clásicos de la literatura, agendas y condones. Él la tomó fuerte de la mano y siguieron caminando. Al lado, otro puesto- quincalla. Un chamo era quien atendía.

Otra vez la pena, aunque un poco más disminuida. De nuevo la misma rutina: la revisión desorientada de las películas, preguntar por los precios, ver coroticos. El momento cumbre se acerca, cuando ya no hay nadie sino ellos dos y el vendedor. Él se acerca al vendedor, bastante sospechoso, como quien dice un secreto: “chamo, ¿tú vendes condones?”

La mirada del vendedor comenzó a buscar algo en el horizonte, frunció el seño y se limitó a alejarse progresivamente mientras volteaba la cabeza de un lado para otro, indicando la respuesta que desde hace rato era evidente: no.

Episodio II: “se agotaron”

Un par de pasos y la joven pareja no podía evitar el grito desesperado de sus hormonas. Así suelen ser esos momentos.

Llegaron a un puesto no tan pequeño. Se acercaron, observaron que en efecto había desde libros de leyes hasta calcomanías de Hello Kity. Hicieron una revisión rápida. Ella comenzaba a hartarse.

Fue entonces cuando en medio de un arranque impulsivo comenzó a decir en voz muy alta, frente a todos, “gordo, tu crees que un lugar en donde venden Kama Sutra, Kama Sutra para el hombre, Kama Sutra para la mujer, Kama Sutra gay… y bueno no hay lésbico…”, el vendedor interrumpió de pronto y algo exaltado dijo: “aquí está, ¿lo quieres?” Ella ni lo miró y continuó, “ves, tú crees que aquí no está lo que buscas, pregunta”.

Así que él, mirando al vendedor que ya estaba algo confundido, le preguntó “chamo, ¿tienes condones?”

El vendedor soltó una carcajada, “se me agotaron”, dijo. Ella se sorprendió, en efecto sí había un espacio en el pasillo de ingeniería en donde vendían condones. Hubo un par de miradas que se cruzaron de manera cómplice. Ella estaba aún incrédula. “¿En serio se te agotaron?”, preguntó.

Otra carcajada precedió la respuesta del vendedor “claro vale, hasta Postinor tengo, las vendo en ocho”. Las risas se extendieron, ya no eran solo la pareja de la urgencia sexual también estaban otros clientes, transeúntes del pasillo, todos espectadores que encontraban muy gracioso el episodio.

En vista de que este vendedor tampoco tenía, se fueron los dos siguiendo el recorrido por el pasillo.

Los puestos siguientes eran atendidos por personas cuya edad cohibían un poco la curiosidad de la pareja. Él no se atrevía a preguntarle a personas “de cierta edad” si tenían condones, fue en esos puestos en donde la pena lo atacaba más.

Llegaron a uno pequeño, en donde la mezcla de películas, cd’s y programas de computación parece no darse abasto en medio de la escasez del espacio. Hurgaron un poco entre la amplia oferta de esa tienda. Había un par de chamos atendiendo. “bueno, al menos aquí no será tan difícil”, pensó él.

La rutina, establecida y perfeccionada a lo largo del recorrido la hacía ahora con mayor facilidad y más rapidez. La estrategia era como crear una expectativa, ver películas+preguntar precios+lanzar la pregunta en cuestión con la misma naturalidad y nada de estupor: “chamo y condones ¿no tienes?”. Ante la negativa y en vista de que ya no quedaban muchos más puestos se atrevió a insistir, haciendo evidente que necesitaba una pronta solución “¿y dónde los puedo conseguir?”.

El vendedor pensó unos segundos su repuesta y el tono de su voz hizo evidente la incomodad que le causaba tener que dar respuestas tan obvias “vete pa’la farmacia, chamo”.

Episodio III: una mirada dice más que mil palabras

El vendedor ya los había visto. “¿Les puedo ayudar en algo?”, dijo. Él hubiese preguntado de inmediato si El discreto encanto de la burguesía, de Buñuel, no se le hubiese atravesado de la manera como lo hizo. La sacó y preguntó su precio.

“5 Mil, chamo, y la puedes cambiar luego por 2.500”. No lo pensó dos veces para comprarla, oportunidades como esa no son comunes. Ya casi olvidaba el motivo por el cual estaba allí cuando ella, con toda la picardía que la caracteriza, se le acercó y le recordó que preguntara.

Otra vez el nerviosismo “qué van a creer aquí, que somos unos pervertidos o unos extravagantes, que en vez de comprar películas prono vemos surrealismo antes de tener sexo. Estás loca”, le dijo. Ella insistió.

Entonces él volvió a ver las películas (siguiendo la ya elaborada estrategia). Mientras tanto llegó otro vendedor. Ya eran dos.

De seguro era preferible seguir hasta la farmacia como les habían dicho antes, pero quien quita y en este último lugar había lo que buscaban. “Preguntemos por no dejar”, dijo ella sin dejar de abrazarlo.

Él se les acercó un poco al par de vendedores y entonces preguntó “pana, ¿vendes condones?”. Los dos vendedores se miraron y de inmediato dejaron escapar tímidamente una sonrisa, al tiempo que movían sus cabezas al compás de un “no”.

Nayari Rossi Romero

26 de enero de 2006

Foto: Pasillo de Ingeniería de la UCV

Caminando

Salí de la proyección para la prensa de Julie and Julia, era miércoles a las 11:30 am y me encontraba en el Boulevar de Chacaíto. Me dieron ganas de comerme la mandarina que llevé por si acaso me daba hambre.

Caminé con plena conciencia de lo que hacía, estaba conciente de mis pies, mis zapatos nike de caminar, el asfalto sucio de grasa de perros calientes, la acera medio rota que tiene años sin ser consentida. Veía al cielo y pensaba que era un hermoso medio día, un poco caluroso sí, pero hermoso.

Caminar es una forma de pensar, de escuchar, de sentir. Cuando camino tengo un valioso tiempo para mi misma. Es sabroso recorrer la capital en dos piernas. Aunque en realidad en Caracas caminar más que una decisión es una obligación: el tráfico se aburrió de las horas pico y ahora hace de las suyas en cualquier momento, el metro pasó de ser un ejemplo de ciudadanía para ser una cueva llena de basura y oportunistas y, para poner la cereza en la punta del helado, los malandros no respetan la inercia de las colas y hacen su agosto robando cuanto carro se les antoje porque, como ya sabemos, Caracas es una tierra sin ley.

Aún así ese miércoles iba reconciliada con la vida porque había visto una buena película sobre dos mujeres que logran superarse así mismas. Yo me sentí confiada, segura de mí y con las esperanzas recargadas.

Caminando se puede ver a los demás de una forma más detallada: puedes observar al tipo que se come un helado en la plaza Brión, puedes ver a la señora que casi arrastra a un niño que a su vez intenta seguirle el apurado paso, pero, pobre de él, sus pequeñas piernas no le dan, puedes oler al Mc Donalds friendo sus papas e impregnando un pedacito de ciudad con su olor a fritanga de dudosa procedencia, puedes ver al evangélico que reúne unas decenas de personas oyéndole la palabra del Señor a cambio de, no se, quizá unas monedas o su consagración en la fama de las plazas, puedes oir al tipo que se te pega a la oreja para decirte mototaisi, mototaisi.

Así iba yo aprovechando mi paranoia caraqueña como excusa para ejercitar un poco las piernas, terminando el último gajito de mandarina y buscando una papelera para botar la concha. Llegué hasta el Tolón y no seguí más porque el calor me agotó y esta ciudad no piensa mucho en sus peatones por lo que la acera no es algo que exista en todas partes.
esta fotola tomé de: http://www.urbanrail.net/am/cara/caracas.htm

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